sábado, 28 de agosto de 2010

Presencia obligada

Los hijos argumentan a favor de su teoría: cada uno fue el UNICO que se preocupó por su madre, el que más hizo por ella en... los últimos dos días.

Los nietos hacen planes para más tarde (es viernes), organizan cómo harán para volver a tiempo para el acompañamiento al cementerio.

Casi todos ellos se esfuerzan por mostrarse desgarradoramente tristes al entrar alguna persona a la sala. No vaya a ser que sin querer alguien se de cuenta que no les interesa. 
Los más descarados ya están tasando los bienes que dejó.

La "celebrada" yace con una expresión desfigurada, de dolor, de agonía, pero nadie repara en su cuerpo, ni en su ausencia.

Yo sólo puedo recordar la última vez que la vi (hace menos de un mes), cuando, en un asomo de lucidez en la inmensidad de los pensamientos que la aturdieron por la edad, me dijo: "me siento muy sola, ya no me queda ni con quién conversar".

Hacía diez años que no iba a un velorio. Es horrible, pero no por la muerte en sí misma, sino por lo que saca a relucir en la gente.

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