Última llamada a la evasión, última chance de sublimar lo inminente. Es tarde. Te trae ese sueño y ese mensaje, te trae esa duda, te trae esa idea que persiste pero no se concreta. No te extrañé. Seis meses de impecable tranquilidad me habían permitido hasta el lujo de olvidar cómo te sentías, en mi garganta que se oprime, en mi pecho que se estruja y casi no permite el paso del aire, en mi estómago que parece anudarse. Olvidé las estrategias para sobrellevarte, olvidé las formas de aliviar esta tensión que sin permiso se apodera de mi cuerpo justamente ahora. Justamente en la concurrencia de esa promesa, esa espera, esa sensación que me asalta justo antes de conciliar el sueño, y minutos después de despertar. Mis mañanas empiezan de repente con tu presencia. No te había extrañado en absoluto. Angustia. Señal ante un peligro difuso, inespecífico. Angustia, que hoy por hoy sortea cualquier límite que puedan trazar los símbolos, angustia que me invade en lo real, en la carne, y trato con estas líneas de llevar al universo del lenguaje, allí donde todo puede vivir o morir a pedido; allí donde la causa de todo esto comenzó.